Tradición, Familia y Propiedad – TFP

Católicos militantes y coherentes

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Publicado por TFP-Ecuador el 19 de Junio de 2021

Nuestro Señor Jesucristo es Dios hecho hombre, tiene dos naturalezas, la divina y la humana, como Dios y como Hombre tiene todas las perfecciones.

Nuestra inteligencia no puede explicar el misterio de la unión hipostática de las dos naturalezas, pero nuestra Fe nutrida por la Gracia de Dios, nos hace admirar y amar esta maravillosa disposición de Dios.

Entre las perfecciones que Jesucristo tiene, está la bondad; Él es la bondad en grado sumo, en grado absoluto; no es bondadoso, es algo infinitamente superior a ello; es la bondad en un grado insondable de las perfecciones divinas, bondad probada habiendo entregado su vida por nosotros, mediante su Pasión y Crucifixión para redimirnos y abrirnos las puertas del Cielo.

La bondad, por la naturaleza de esta virtud, tiende a ejercérsela hacia terceros, aplicársela al prójimo, más que otras virtudes la bondad casi que existe para aplicarla a los demás.

La vida de Nuestro Señor Jesucristo fue un acto de bondad continua, todas sus palabras, todos sus gestos, todo lo que hacía, era para bien de la humanidad, restituía la vista a los ciegos, curaba a los leprosos, daba el andar a los paralíticos, expulsaba los demonios de los poseídos, resucitaba a los muertos, consolaba a los afligidos, pero sobre todo enseñaba el bien, la verdad y todas las perfecciones.

Todo esto lo realizaba con un propósito superior, enseñar una forma de vida que nos haga “PERFECTOS COMO MI PADRE CELESTIAL LO ES” (Mt. 5,48), según su propia enseñanza, es decir, no era una forma de perfección cualquiera, no era una forma de perfección común, el modelo que Él nos propone imitar es a la Primera Persona de la Santísima Trinidad, al propio Dios Padre; si Jesús nos propone esto, significa que ningún ser humano siendo fiel a la Gracia de Dios está en imposibilidad de cumplir esta meta; Nuestro Señor jamás nos pediría algo inalcanzable; en su pedido está implícita la promesa que recibiremos su Gracia para poder cumplir su mandato.

Siendo como Nuestro Señor Jesucristo era, la bondad infinita, antes de subir a los Cielos quiso dejarnos los medios para caminar durante nuestra vida rumbo a la perfección, sus méritos y sufrimientos lo llevaron a entregar hasta su última gota de sangre para alcanzarnos la salvación; nos basta aceptar las gracias obtenidas por su sufrimiento para salvarnos; una sola gota de su Divina Sangre es suficiente para redimirnos, ¡cuánto más el cúmulo tremendo de todos sus sufrimientos!

En lo alto de la Cruz en medio de dolores indecibles, quiso dejarnos amparados, protegidos, asistidos por la bondad de las bondades, la bondad maternal de María Santísima, a quien la entregó como nuestra Madre. Bondad y madre casi son un sólo termino, al más miserable de los hombres le puede faltar todo en la vida, lo que nunca le faltará es el amor y desvelo de su madre. María Santísima es Madre de Bondad en grado inconmensurable, hizo lo que nadie haría, permitir el sacrificio de su Hijo Divino, para obtener la salvación de sus otros hijos.

Esta filiación materna a María Santísima, Madre del propio Dios, únicamente esta consideración serviría para infundirnos una confianza, una certeza, una seguridad que jamás nos faltará el apoyo Divino para ser santos y rechazar toda forma de pecado y de maldad.

Podemos preguntarnos, ¿Nuestro Señor Jesucristo hubiese querido que todas sus enseñanzas y ejemplos, el derramamiento de su sangre, fuesen solo en beneficio de los que lo veían y escuchaban en los pueblos, aldeas y ciudades en las que predicaba? ¿o Él quería que de esos actos de bondad se beneficien todos los hombres, de todos los tiempos y de todas las latitudes?

Para perpetuar todas sus bondades hasta el final de los tiempos Él quiso fundar una institución de origen Divino: Él es la Cabeza de esta Institución que es la Santa Iglesia Católica, formada con los apóstoles, “TÚ ERES PEDRO Y SOBRE ESTA PIEDRA EDIFICARÉ MI IGLESIA” (Mt. 16,13-20) a quienes dio el poder de que “TODO LO QUE SE ATARE EN EL CIELO SERÁ ATADO EN LA TIERRA Y TODO LO QUE SE DESATARE EN LA TIERRA SERÁ DESATADO EN EL CIELO” (Mt. 16,13-20); también les dio el mandato Divino de “ID POR TODO EL MUNDO Y PREDICAD EL EVANGELIO” (Marcos 16: 15).

De esta manera Nuestro Señor Jesucristo dejó organizada la Iglesia para que sea el instrumento de salvación para todos los hombres durante toda la historia de la humanidad.

Desde el día en que el Espíritu Santo descendió sobre la Virgen María y los apóstoles que se encontraban en el Cenáculo, los llenó de su gracia, de su sabiduría, de su fuerza, y salieron a predicar las verdades y el ejemplo que nuestro Señor Jesucristo les había enseñado.

La misión de los apóstoles y sus sucesores es la de construir una sociedad conforme a las enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo, y como ya lo dijimos, los méritos de su Pasión fueron suficientes para alcanzarlo.

Pero la vida de la Iglesia es como la de su Fundador, pese a ser el mismo Dios, fue rechazado, fue traicionado, fue crucificado, “A LOS SUYOS VINO Y NO LO RECIBIERON” (JUAN: 11-12)

Muchos hombres se convierten y viven de acuerdo al divino ejemplo, pero muchos otros están empedernidos en el mal y el apetito de placeres desordenados, el orgullo y sensualidad, les impide escuchar y practicar las enseñanzas de Jesucristo.

Pero gracias a las promesas de Nuestro Señor Jesucristo, la Iglesia Católica que es la Esposa Mística de Cristo, es indestructible, es imbatible y cumplirá su misión hasta el final de los tiempos; pese a ello pasará por las mismas vicisitudes que pasó Nuestro Señor, el rechazo, la traición, el odio, quienes tramaron la crucifixión de Nuestro Señor fueron los sacerdotes del templo, aquellos que ejercían el sacerdocio, que ejercían los oficios del templo y la vigilancia del cumplimiento de la ley de Moisés, ellos rechazaron a Dios hecho Hombre, a lo largo de la historia de la iglesia esta situación se repite.

Desde hace 2000 años la Iglesia Católica ha venido conquistando hombres, pueblos y naciones que han estado dispuestos a servir a Dios y glorificarlo, pero también ha habido los que han preferido ser iguales a los que en la Pasión de Jesús le escupían, se burlaban, lo flagelaban, le coronaban de espinas, lo azotaban, le clavaron una lanza en su corazón y lo crucificaron.

De manera tal que podemos afirmar, que la historia de la humanidad se realiza con los que son fieles a Jesús y siguen sus enseñanzas, y con los que lo crucifican.

¿De qué lado estamos nosotros, de qué lado estoy yo?

Probablemente la mayoría responderá: soy católico, qué maravilla, qué alivio, qué bendición; por distintos medios Dios nos regaló el don de la Santa Fe Católica, las mejores palabras de agradecimiento, los mejores gestos de gratitud, siempre serán pequeños frente a este inestimable Don de la Fe.

Si nos declaramos católicos tenemos la obligación de ser coherentes, esto significa pensar como el catolicismo indica, vivir como el catolicismo enseña, defender los principios católicos y las verdades de Fe, contra todas las formas de maldad que la atacan y que quieren forjar una vida sin Fe, sin Dios, sin mandamientos.

Si no tomamos esta actitud caeremos en lo que Nuestro Señor Jesucristo enseña que es la tibieza, llamarnos católicos, ostentar este nombre bendito, pero vivir alejado de sus principios y de sus prácticas.

Esa es una actitud semejante a la que tomaron muchos de los que presenciaron la Pasión y Crucifixión de Jesús. Pocos días antes lo escucharon predicar y se entusiasmaron, lo vieron hacer milagros y creyeron, pero cuando el populacho manipulado por el Sanedrín gritó “crucifícalo”, callaron… y no defendieron a Jesús; y algunos hasta fueron cómplices de los sumos sacerdotes.

No repitamos esa infame actitud de traición, de indiferencia que tomaron los que asistieron a la Pasión de Jesús y no lo defendieron, no salieron a impedir los terribles tormentos que le causaron, desde lo más profundo de nuestros corazones proclamemos: ¡Quién como Dios! Volvámonos ardorosos defensores de la Fe, eximios practicantes de sus enseñanzas, enfilemos en la interminable legión de santos que a lo largo de la historia le dijeron SÍ a Dios. Bajo el amparo de Nuestra Señora del Buen Suceso, hagamos parte de los que traen el Buen Suceso o victoria de la Fe.

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