Reproducido por TFP-Ecuador el 29 de marzo de 2026
Con una historia de más de mil años, habiendo conquistado, gobernado, institucionalizado su cultura en extensiones que comprendían Europa Occidental, Europa Oriental, los Balcanes, el Norte de África, Oriente Medio y Asia Menor, el Imperio Romano sucumbió.
Múltiples razones de orden político, militar, social, económico, la pérdida de la moral, el abandono de su identidad englobados en una gran crisis marcada por profunda decadencia, sumada a la invasión de numerosas tribus de bárbaros llegados del norte y este de Europa, tales como hordas germánicas, visigodos, ostrogodos, francos, vándalos, etc., quienes estaban presionados a su vez por hunos y alanos que llegaban del este y también por el deseo de saquear Roma y sus posesiones y a los cuales la decadente Roma ya no pudo detener, fueron las causas que contribuyeron para la destrucción del otrora sólido Imperio Romano.
No se puede dejar de pensar en una similitud con las actuales migraciones, y también las invasiones islámicas a Europa y la propia decadencia de la sociedad actual.
La historia nos muestra que ningún cambio de época de la humanidad se da de golpe, siempre son procesos de ascenso o descenso de las civilizaciones, incluyendo períodos de largas transiciones; y en esas transiciones se operan los grandes cambios que dan el rumbo a las sociedades. Eso fue lo que sucedió en el gran Imperio Romano.
El inicio de las invasiones bárbaras los historiadores las sitúan en el año 395 dC llegando al auge en el 476 con la caída de Roma, las invasiones de los bárbaros fueron el golpe mortal a una Roma en la que ya se habían desmoronado las instituciones, las costumbres, la mística que la había hecho grande y señora del mundo.
En esa Roma decadente, el cristianismo se difundió y expandió. Su doctrina, el ejemplo, el vigor de la virtud, la savia nueva emanada del amor a Dios, la vida ajustada a los preceptos divinos y aplicados al orden social, pudieron salvar el Imperio Romano, pero éste en lugar de acogerlo lo persiguió provocando una legión de mártires.
Dios se hizo hombre, nos dejó las enseñanzas evangélicas, fundó su Iglesia y murió en la Cruz redimiendo al género humano, prometió que siempre permanecería con nosotros, dotó de inmortalidad a la Iglesia, con esa nueva luz emanada desde el Calvario y con el fuego del Espíritu Santo empezó la conversión de la humanidad, conversión que operó en lo más profundo del Imperio Romano hasta adoptar el cristianismo como religión oficial en el año 300 mediante el edicto de Milán.
Mientras el Imperio Romano se desmoronaba la iglesia Católica acogía en su seno de Madre a romanos convertidos y bárbaros salvajes a quienes iba cristianizando y civilizando, nuevos pueblos sustituían a antiguos pueblos ahogados en su propia decadencia, la transición de civilización era fecundada por la sangre de los mártires y por la misión de la Iglesia de ser luz del mundo y sal de la tierra, es decir inspirar un orden social volcado a la Gloria de Dios cuya consecuencia fue transformar la vida en la tierra en un espejo del Cielo.
La iglesia sembró Europa de Iglesias, catedrales, basílicas, monasterios, hospitales, universidades, ciudades maravillosas, y la alegría de vivir en el bien, con la Cruz de Jesús por delante. Mediante fecunda labor evangelizadora fue pacificando a los bárbaros, los despojos de la cultura antigua y la organización que Roma legara al mundo se refugiaron en las bibliotecas de los monasterios, y a la luz de nuevas Gracias, purificando los restos del paganismo, surgió un nuevo mundo, la Edad Media, nombre estigmatizado por historiadores paganos para caracterizar a esta era dorada de la humanidad como la noche oscura de la historia.
La Edad Media fue el reinado de la fe cristiana y el devenir de un orden social conforme a la ley de Dios.
La iglesia católica mediante su acción civilizadora rescató al mundo antiguo de las ruinas en que quedó y sobre sus escombros construyó un orden cristiano.
El mundo de nuestros días no se diferencia de la decadencia que hundió a Roma en el abismo, llegando a un deterioro y desmoronamiento tal vez aún mayor. No es necesario hacer una descripción de lo que diariamente se muestra a los ojos de todos, a tal punto que vivimos en una sociedad desesperanzada, donde todo se derrumba y en la que donde se toca eyecta pus, viviendo además la amenaza de que en cualquier momento estalla una guerra mundial, cuyas consecuencias serán catastróficas.
Sectores de la alta jerarquía eclesiástica como el episcopado alemán, mediante su conferencia episcopal, en lugar de llevar el espíritu católico a su sociedad, proponen que la iglesia se funda con el mundo corrupto en un solo espíritu, es decir que la Iglesia Católica haga parte de la decadencia actual y en lugar de enmendar el camino de las almas y de los pueblos acepte las claudicaciones de su fe y de su moral, por tanto una desfiguración y abandono de la misma esencia de la Esposa Mística de Cristo, propuestas lanzadas por el clero alemán que tocan las puertas de un cisma.
La promesa de Nuestro Señor Jesucristo de que las fuerzas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia Católica se mantendrá hasta el fin de los tiempos y por el mundo entero hay almas fieles tanto en las filas del clero como en la sociedad civil, innumerables conventos de clausura en que religiosos y religiosas se dedican a la contemplación, a la oración, a la penitencia, para alcanzar el favor divino; solo en nuestra ciudad hay seis monasterios de clausura que desde el siglo XVI están cumpliendo esa hermosa vocación.
Durante gran parte del siglo XX Plinio Correa de Oliveira comprendió la magnitud, la secularidad, la unicidad, la universalidad de esta nueva crisis de la humanidad y la denunció como un proceso organizado para borrar de la faz de la tierra el orden cristiano.
A eta fuerza organizada y destructora Plinio Correa de Oliveira la identificó como la Revolución y frente a ella propuso la Contra Revolución, a lo largo de su vida batalló arduamente para detenerla y destruirla. En su alma edificó un espíritu totalmente opuesto a la Revolución y de ella emanó un movimiento, un espíritu, una forma de acción y unos cimientos para restaurar la Civilización Cristiana.
Esa cimiente florece con fuerza, no se ocupa de denunciar los males del mundo debido a la visibilidad de estos.
La TFP continúa los pasos de la Contra Revolución inspirada por Plinio Correa de Oliveira, trae una propuesta de gran fuerza y esplendor que va expandiéndose por el mundo entero y poniendo un fuego nuevo en las almas, un fuego abrasador que genera la fuerza para dar la espalda a la decadencia, genera la fuerza para rechazar las promesas de placer desordenado y de pecado. Impulsa entusiasmo por una nueva vida, un nuevo relacionamiento, un nuevo motor para el espíritu, es vivir en la admiración a toda forma de superioridad, materializarlo en un tipo humano diferente, en costumbres diferentes, en edificaciones diferentes, promoviendo toda forma de esplendor y de belleza en la vida cotidiana, es ir al encuentro de las perfecciones divinas inspirados en la máxima evangélica “Sed perfectos como mi Padre Celestial lo es.” Destaca especialmente una sed de almas, un deseo de hacer bien al prójimo, en el relacionamiento humano de este enorme movimiento sobresale la bondad, el afecto, las personas son miradas como templos de Dios y todo el bien que se les pueda hacer es poco para que su vocación refleje los atributos divinos.
Se repite la historia, mientras el Imperio Romano agonizaba la Iglesia Católica inspiraba e impulsaba una nueva Civilización.
¿Dónde están esos frutos de la gracia de Dios, dónde está este nuevo rumbo?
Todo lo que se diga o escriba no es igual a vivirlo, imaginemos que un gran chef que escribe sobre la más exquisita comida, un músico que escribe sobre la más armoniosa de las melodías, hasta que la persona no pruebe la comida o no escuche la melodía difícilmente podrá aquilatar toda su expresión y esencia.


