Tradición, Familia y Propiedad – TFP

La hora de la misericordia volverá

Print

Reproducido por TFP-Ecuador el 17 de octubre de 2026

La fiesta de Santa Margarita María Alacoque, celebrada por la Iglesia este mes, me trajo a la memoria un hecho antiguo que no es sin interés para los días que corren.

Cuando vivió en Francia la humilde visitandina a quien el Sagrado Corazón de Jesús hizo sus tan suaves
confidencias, reinaba Luis XIV, al que la admiración universal consagró con el título de Rey Sol.

Este epíteto correspondía a la realidad. Tanto desde el punto de vista físico como moral, Luis XIV representaba el tipo clásico de aquellos reyes de fantasía con que ciertos cuentos suelen deslumbrar las imaginaciones infantiles.

De una hermosura viril y majestuosa, acentuada por una perfecta nobleza de porte y de gestos, y por una indumentaria admirablemente escogida, fue el modelo supremo de los gentilhombres de su tiempo. Las cualidades de inteligencia y carácter estaban a la altura de ese físico magnífico. Su inteligencia era clara, vasta, metódica e idealmente equilibrada. Su voluntad, dotada de tal fuerza imperativa que vencía cualquier obstáculo. De un soberano dominio sobre sí, no se permitía manifestaciones extremas de cólera, de placer o de dolor. Al contrario, todos los acontecimientos lo encontraban siempre igualmente sereno, grande, altivo. De tal manera su índole se había conformado con las obligaciones del métier de rey, que el protocolo en él era como que connatural, y hasta sus acciones más triviales denotaban la alta noción que tenía de su dignidad y de sus deberes.

Cuando Dios da a alguien cualidades naturales singularísimas, le impone implícitamente responsabilidades onerosas. Luis XIV era una de esas almas privilegiadas que Dios llama a grandes realizaciones y que, por eso mismo, están en la inminencia de caer en los más profundos abismos, caso no correspondan a la propia vocación.

Si él hubiera querido ser un nuevo San Luis, es probable que la Revolución Francesa no hubiera estallado, que la pseudo-reforma protestante hubiese sufrido desastres irreparables y que el curso de la historia, en lugar de correr por los precipicios por donde va, hubiera asumido una orientación totalmente diferente. Lo cierto es que Luis XIV no desempeñaba la misión providencial a la cual había sido llamado por Dios.

Interviene en el caso la humilde visitandina. En revelación, el Divino Redentor mandó decir al rey que se consagrase, así como al reino, al Sagrado Corazón. La comunicación fue hecha en tono imperativo y dejaba ver claramente que el rechazo del monarca acarrearía para él y para Francia los más severos sufrimientos.

Por medio de una persona de la nobleza con quien tenía relaciones, Santa Margarita María hace llegar la comunicación a Luis XIV que, sin embargo, no le da importancia, y la consagración no fue efectuada.

Rechazada así esa providencial fuente de gracias, el reino fue cayendo cada vez más por los abismos de la impiedad y del libertinaje, hasta que la manifestación de esos males, esto es, la Revolución Francesa, vino a echar por tierra el trono de los Borbones e hizo arder por el mundo entero la antorcha diabólica e incendiaria del espíritu de rebeldía.

Sin embargo, no se sabe si el recuerdo del recado de Santa Margarita María Alacoque perduró en la familia Borbón, pero es seguro que, entre los papeles de Luis XVI encontrados en su miserable prisión del Templo, se halló una nota en la cual el desdichado soberano prometía a Dios consagrarse, y a toda Francia, solemnemente, al Corazón de Jesús, lo que, desde luego, en forma privada, hizo en la cárcel. Así, decía él, sería de esperar que el Corazón de Jesús arrancara a Francia los horrores de la Revolución.

El piadoso e infeliz monarca hizo desde la prisión el acto de piedad que su poderoso antecesor rehusó hacer en los esplendores de Versalles. Pero, por lo que parece, la hora de la misericordia había pasado, y ya era tarde para detener el curso de la justicia divina.

Es posible que la hora de la misericordia haya pasado. Sin embargo, no de modo definitivo. Mientras los legisladores reforman las instituciones, los militares las fronteras y los banqueros la economía, al sabor de las herejías de hoy, en la penumbra, los santos reforman las almas y, por la reforma auténtica de las almas, destruirá la falsa reforma de las instituciones y de la economía.

Cf. “Legionario” n. 423, 20/10/1940

Comparta

Artículos relacionados