Tradición, Familia y Propiedad – TFP

La misericordiosa mirada de María

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Estando ante una imagen de María Auxiliadora, el Dr. Plinio fue «contemplado» por la misericordiosa y compasiva mirada de María. La gracia recibida en esa ocasión marcó profundamente su vida.

Tratando de explicar lo profundo de mi devoción a la Santísima Virgen encontré recientemente una figura que, aunque muy simple, expresa con exactitud mi pensamiento.

Imaginemos un poliedro bien construido. Si sus caras son triangulares, al mirar una de ellas en cierto modo se ven las demás, pues todas tienen la forma de un triángulo.

Es lo que sucede con la Madre de Dios, cuya perfección es supereminente y a quien la Iglesia le dedica el culto de hiperdulía. Al considerar alguna de sus altísimas cualidades se percibe que posee igualmente en grado elevado todas las otras virtudes de las que una criatura humana es capaz. Conocida, por ejemplo, su fe, se entiende su esperanza y su caridad. Viendo un lado del poliedro se intuye cómo son todos los demás, con sus dimensiones.

Si, conforme a la geometría, el poliedro no es exactamente así, esta figura sirve al menos como metáfora.

La compasión de Nuestra Señora

Ante todo, lo que más me tocó de Nuestra Señora no fue tanto su santidad virginal y regia, sino la compasión con la que mira a quien no es santo, atendiéndolo con pena y solícita en dar; en suma, una misericordia que tiene las mismas dimensiones que las otras cualidades.

Es decir, una misericordia inagotable, clementísima, pacientísima, pronta para ayudar en cualquier momento, de modo inimaginable, sin ni siquiera tener un suspiro de cansancio, de extenuación, de impaciencia. Está siempre dispuesta no sólo a repetir su bondad, sino a superarse a sí misma, de manera que una vez practicada esa misericordia, incluso mal correspondida, viene otra mayor. Nuestros abismos, por así decirlo, van atrayendo su luz. Y mientras más huimos de Ella, más se prolongan e iluminan las gracias que Ella nos obtiene.

¿Cómo percibí esto?

«Una mirada que me dejó tranquilo para toda la vida»

Cuando de pequeño fui a la iglesia del Corazón de Jesús y me encontré por primera vez con la imagen de María Auxiliadora, no es que hubiera sido favorecido con alguna visión, éxtasis o revelación, sino que me sentía tocado, como si la imagen me mirara, y tuve un conocimiento como muy personal de esa bondad insondable que me envolvía totalmente. Si hubiera querido huir o renegar, Ella me habría sujetado con afecto y dicho: «Hijo mío, vuelve. Aquí estoy yo». Y eso me hizo entender la profundidad de esa misericordia.

Lo primero es que me quedé tranquilo para toda la vida. De hecho, por muy grandes que sean las dificultades, si estamos envueltos por esa misericordia, podemos descansar; porque cuando alguien no es brutalmente insensible y se dirige a la Virgen María, Ella acaba arreglándolo todo.

Y, fíjense bien, una de las cosas que más me admiraron —en la indefinición de mi mentalidad de niño, lo tenía muy claro— fue entender que eso no consistía en ser un privilegio para mí, sino que era una actitud suya en relación con cualquier hombre. Con todas las personas que existieron y existen, con todos los pecadores que están en las calles, en las casas, en los tranvías, en los automóviles, con todos Ella es así. Muchos, no obstante, la rechazan.

Cuando veo a alguien nervioso y con problemas, tengo mucha pena de él y me pregunto: «¿Por qué no puedo comunicarle una mirada como la que recibí de Nuestra Señora? Se quedaría tranquilo para toda la vida».

No logro expresar enteramente en qué consistió esa gracia. Cuando rezo la parte del Magníficat que dice: «et misericordia eius a progenie in progenies timentibus eum – y cuya misericordia [la del Todopoderoso] se extiende de generación en generación sobre los que le temen», siempre pienso: «Bien es verdad esto; pero es así por intermedio de María Santísima. Ella es la misericordia insaciable, que no acaba, sino que se multiplica solícita, bondadosa, tomando nuestra dimensión y, por compasión, haciéndose más pequeña que nosotros para acogernos».

Misericordia, pureza, fortaleza y sabiduría

Al considerar esa misericordia nos viene la idea de la virginidad de María Santísima, porque esas nociones, por así decirlo, están contenidas unas en otras. Conocida la misericordia, se conoce la pureza; he ahí nuevamente la figura del poliedro. Ella es pura, con un grado de pureza indecible. Cualquier castidad que se pueda concebir no se compara a su pureza, toda ella hecha no sólo de ausencia de cualquier propensión hacia el mal, sino de una efusión de alma directa y exclusivamente dirigida a Dios, sin compromiso con nada ni nadie más, un completo arrebato, de una fuerza, una integridad, un deseo de lo absoluto que no se puede medir. La pureza de Nuestra Señora, comparada a la de otras personas, es como la blancura de la nieve en relación con el carbón.

Y, desde la perspectiva en la que me pongo, la pureza lleva consigo la idea de la fortaleza, la cual no significa que nada se rompe. Se trata de algo diferente: ante lo que la Madre de Dios, en su pureza, decidió, el resto del mundo se curva por la fuerza de su voluntad; es un ímpetu, una resolución, una ausencia de posibilidad de resistencia de cualquier persona o cosa que sea, una soberanía, un dominio en una tal dimensión que no hay palabras humanas para expresarla. Hoy se habla de obuses y otras armas. En realidad, son simples cacharros inofensivos y ridículos en comparación con un acto de voluntad, una preferencia de la Santísima Virgen.

A su vez, esa fortaleza, misericordia y pureza conllevan una idea de su sabiduría lúcida, adamantina, dispositiva de todas las cosas, sin jamás llegar a tener dudas sino solamente certezas. O sea, Ella conoce todas las cosas, así como sus interrelaciones y penetra hasta las entrañas de todo ser. ¡El universo es tan grande! Por el hecho de que Nuestra Señora comprende el orden del universo y su punto culminante, una vez más vislumbramos cuál es la inmensidad de su pureza, fortaleza y misericordia.

Esas son las virtudes que, de momento, más me llaman la atención cuando me acuerdo de la mirada de la imagen de María Auxiliadora de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús.

«Madre mía, soy vuestro»

Podrían preguntarme: «Usted recibió esa mirada siendo un niño, con once, doce años; pero ¿nunca más le ocurrió algo similar?».

Esa gracia me fue dada de tal manera que permaneció como un sol para toda la vida. El hecho parece que hubiera sucedido ayer. Es como si la Santísima Virgen me dijera: «Hijo mío, yo te quiero». Y yo le declarara: «Madre mía, soy vuestro».

Si alguien me interroga dónde coloco en esas consideraciones a Nuestro Señor Jesucristo yo le contesto: «¡En todo!». Esa es la idea que San Luis María Grignion de Montfort desarrolla mucho: Nuestra Señora es el claustro, el oratorio, el tabernáculo sagrado donde está el Redentor, y cuando más cercanos estemos de Ella, mucho más lo estaremos de su divino Hijo.

Imaginen a Nuestra Señora durante el período en que, en su cuerpo virginal, se estaba formando el Niño Jesús, por acción del Espíritu Santo, y que alguien quisiera adorar al Mesías abstrayéndose de Ella. Sería una estupidez, no tendría sentido.

Sé que estaré más unido a Nuestro Señor cuanto más unido esté a María Santísima. Naturalmente, de ahí procede que mi devoción a Él pasa por Ella. Creo que incluso en las ocasiones de mayor cansancio —al menos eso espero—, cuando hago una referencia a la adoración debida a Nuestro Señor, enseguida hablo de su Madre virginal. Es sistemático.

Dirán: “Muchas veces usted habla sobre Ella sin referirse a Él”. Sí, porque Él es infinitamente mayor que Ella. Así, hablando de Ella, Él está implícitamente contenido. Pero, al tratar acerca de Él, Ella no está implícitamente contenida. Por eso, quieran o no quieran, les guste o no, si Nuestra Señora me ayuda, lo haré hasta la muerte. 

Extraído, con pequeñas adaptaciones, de la revista “Dr. Plinio”.
São Paulo, Año XIII. N.º 142 (ene, 2010); pp. 20-25.

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